CUANDO LOS SUEÑOS SE CUMPLEN

Hola soy yo, y sobra decir que hacía mucho, pero mucho mucho tiempo que no me pasaba por aquí.

Pero ha sido por una buena razón, la misma que hoy me hace volver a los orígenes, pues me parece imprescindible echar la vista atrás de vez en cuando y recordar: recordar quiénes hemos sido para entender en quiénes nos hemos convertido; recordar qué hicimos para comprender cómo hemos llegado hasta aquí. Y es que a veces nos parece increíble como pueden cambiar las cosas. “¡Quién me lo iba a decir a mí!” Nos sorprendemos, pero sólo hasta que nos paramos un momento y comenzamos a atar cabos. Entonces la sorpresa se torna en entendimiento. “¡Claro! Si no hubiese hecho aquello, no hubiese conocido a aquella y entonces, seguramente, no habría viajado allí, dónde encontré lo que tanto había estado buscando”.

Hoy seré breve, no divagaré más de lo estrictamente necesario, aunque me quede con las ganas. Hoy se presenta un día intenso, emocionante como pocos. Hoy Abuelo Tomás, ese entrañable amigo al que conocí en estas páginas virtuales y el cual, desde entonces, no se ha separado de mi lado; el que me abrió el baúl de sus recuerdos para invitarme a compartirlos con vosotros, el que recientemente hizo su presentación oficial como protagonista de una novela (¡palabras mayores!), ese, hoy, se viste de gala para acudir a un evento en el que se verá rodeado de otros muchos protagonistas, de otros muchos relatos a los que alguien ha decidido otorgarles el honor de ser reconocidos como los mejores del año 2015. Abuelo Tomás es finalista. Ese ya es un gran premio, y pase lo que pase esta noche, la sonrisa será imborrable.

Los sueños, si se persiguen con vehemencia e ilusión, tarde o temprano se acaban alcanzando.

Abuelo Tomás, hoy echo la vista atrás y recuerdo cuando (y cómo) apareciste en mi vida. Hoy entiendo un poquito mejor quién soy, cómo he llegado hasta aquí, y me siento enorme.

http://noticiaseditorialcirculorojo.com/?p=2092

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LAS NOCHES EN VELA

Señoras y señores, ¡hoy comienza un programa muy especial! De los creadores de “El butanero siempre llama dos veces (a las 8.00am)” y “La mujer cuya voz traspasaba ladrillos y cristales” (véase el post: Los Gritos de mi Vecina) hoy nos llega una nueva e interesantísima serie, titulada “LAS NOCHES EN VELA”.

– Si usted padece de insomnio, ¡no desespere! Ahora tiene usted razones de sobra para permanecer despierto a horas intempestivas.

– Y si usted es de los que duerme a pierna suelta, ¡enhorabuena! Ahora podrá vivir usted maravillosas aventuras nocturnas en lugar de desperdiciar horas enteras en los relajantes mundos de Morfeo.

En “LAS NOCHES EN VELA” disfrutará del vecino que decide arreglar su puerta atascada a portazo limpio, sin prisa pero sin pausa, sin conseguir, por supuesto, resultado satisfactorio alguno, pues nadie le explicó aquello de “más vale maña que fuerza”. Y podrá deleitarse también con la desorientada señora que busca a una vecina rubia sin saber en qué piso vive, y para dar con ella no conoce mejor manera que llamar timbre por timbre y, por si esto fuera poco, hablar a gritos por teléfono en medio del portal, para que no quede alma en el edificio que pase desapercibida su presencia. Y todo ello, señoras y señores, ¡siempre a partir de las 02.00am!

Porque hay quien opina que dormir del tirón está sobrevalorado, y que, en cualquier caso, es más importante mantener un trato cercano con el vecindario, sea la hora que sea.

Próximamente, cuando lleguen los sofocos estivales, comenzará una nueva temporada de “El vecino que (también en plena madrugada) saca su esquizofrenia a pasear y juntos se lían a mamporrazos e improperios con el cubo de basura de la esquina”.

Pero hasta entonces, no se pierda ni un capítulo de… “LAS NOCHES EN VELA”. No se arrepentirá (o quizá sí).

* Nuevas entregas del Abuelo Tomás próximamente en sus pantallas.

VIDA NUEVA

Y allí estábamos nosotros, con los ojos clavados en la incubadora, sin poder -ni querer- desviar un sólo milímetro de nuestra atención. Un leve movimiento allá adentro y nuestros músculos se tensaban de pura emoción.

Y allí estaba él, empujando con fuerza, luchando por su vida desde el primer instante, sintiendo quizá el calor de sus hermanos, el latido de sus diminutos corazones y los primeros sonidos expulsados a través de sus débiles gargantas.

Minutos de deliciosa espera, paciencia anteponiéndose a la impaciencia por contemplar la llegada al mundo de un nuevo ser.

Y entonces ocurrió.

Un picotazo. Otro más fuerte. Ahora un empujón con la cabeza… Y de pronto la cáscara se partió en dos, dejando paso a un desgreñado pollito de ojos aún pegados y rosácea piel arrugada. Exhausto aún por el esfuerzo, incapaz de ponerse en pie, se arrastraba a trompicones por el suelo, desorientado, consciente apenas de su nueva vida.

Nosotros dimos por finalizado el inspirador espectáculo, recogimos nuestras sonrisas y nos las guardamos con cuidado en los bolsillos. Seguimos caminando entre hipopótamos y jirafas, macacos y pingüinos, serpientes y murciélagos, embriagados por la perfección de la naturaleza y cada una de sus magníficas creaciones.

Aún hoy, y quizá siempre que mi memoria lo permita, seguiré llevando mi mano al bolsillo para volver a palpar la excitación de aquel momento mágico.

Y SIN EMBARGO ¡TE ECHARÉ DE MENOS!

Hola, soy yo, y aquí me tienes, sintiendo una tristeza tan grande que no quepo en mí de júbilo.

No, no me he vuelto bipolar, ni más loca de lo ya sabido y resabido. Es sólo que te vas lejos y me apena tremendamente tener que prescindir de nuestros cafés, nuestras comidas, nuestras copas, nuestras pelis, nuestras horas y horas de charlas profundas y divertidas. En realidad no han sido tantas, comparadas con toda una vida, pero suficientes para hacerme comprender que unos cuantos kilómetros y un mar de por medio no van a conseguir que te olvide; es más, no serán capaces de cambiar nada en absoluto, nada más que lo meramente físico, y ¡bah!, ¿a quien le importa eso?

Admito que me sorprendí al no derramar una sola lágrima, pero luego, haciendo memoria, recordé que tampoco lo hice cuando padres y hermanos se mudaron a ciudades lejanas. Parece que has entrado a formar parte de la familia, esa que está presente en alma aunque su cuerpo beba de otras aguas. De la misma forma que ocurre con ellos, tus alegrías son las mías y es por eso que mis penas se evaporan, me siento dichosa en mi tristeza y sólo puedo decir: “¡A por todas, valiente!”

Hace un año, ¡un año ya!, estábamos desayunando juntas, como cualquier otro día, en la cafetería de la oficina, soñando despiertas -aunque aún algo ojerosas- acerca de nuestro trabajo ideal, nuestro entorno ideal, nuestra vida ideal. Minutos después nos despedíamos hasta la hora de comer y emprendíamos camino, montadas en un ascensor inteligentísimo, hacia nuestras mesas bien puestas en distintas plantas de aquella enorme oficina llena de gente, de ordenadores, de moqueta, de ventanas cerradas, de papeles y teléfonos. Apenas un año atrás ¡y cómo han cambiado las cosas! Quien nos iba a decir, sentadas en esos taburetes y bebiendo café en vaso de cartón, que un año después estaríamos las dos un paso más cerca de aquellos deseos.

¡Qué bueno que te cruzaras en mi vida! Te lo he dicho un millón de veces y sé que suena a telenovela barata, pero el primer día que te vi, sentada en medio del mayor gallinero con el que jamás me había topado, supe que eras especial, y que si de todas esas charlatanas había una que iba a permanecer a mi lado, esa eras tú.

Pero mis líneas de hoy van más allá de una despedida, un agradecimiento o un deseo de que en adelante seas feliz -de eso no me cabe la menor duda-. La lectura que hacía ayer al atardecer, sentada en la terraza con la mirada fija en las nubes, trataba de la empatía, en su mayor parte. Por momentos se me cerraban los párpados y pensaba en lo mucho que puede aprender una persona sólo con escuchar a otra -pero escucharla de verdad, en silencio y con los cinco sentidos despiertos-. Momentos después mis pupilas volvían a posarse en el cada vez más oscurecido cielo y analizaba mentalmente a los individuos que me rodean diariamente; estudiaba sus movimientos, sus gestos, su forma de hablar, sus historias, las cosas buenas que hacen, y también las malas. Y entonces me acordé de un dicho gaditano, o al menos yo sólo lo he oído en bocas gaditas, que me encanta desde la primera vez que lo oí: “Cauno tiene sus caunás” (léase con el acento correspondiente). Y esto quiere decir que cada uno es como es, vaya, y es como es por un millón de causas y circunstancias. A veces es difícil comprender, entonces es cuando debemos hacer acopio de respeto y no pretender que los demás piensen como nosotros, actúen como nosotros, entiendan como nosotros.

Hakuna Matata, que cantaban unos dibus para expresar exactamente lo mismo. O como también apuntaba el centenario Allan Karlsson después de haber saltado por la ventana, “hay que pensar en positvo”; a él le fue bastante bien.

Y esta reflexión, querida amiga, aunque ya venía yo rumiándola desde hacía tiempo, ha empezado a tener un sentido firme gracias a ti. Porque a pesar de todo, nunca has dejado atrás tu alegría y tu empatía, al contrario, tu luz cada día brilla con más intensidad. Déjate querer por aquellos que te esperan con los brazos abiertos y abre bien los tuyos para recibir todo lo que tienes por delante.

A todos los demás, permaneced atentos pues allá va un claro ejemplo de mi teoría de los seres sonrientes

 

POR UN PUÑADO DE… ¡JUDíAS!

Hola, soy yo y ayer pedí comida china.

Hasta ahí todo normal, aunque el repartidor se perdió y tardó cerca de una hora, pero eso tampoco os resultará extraño -aunque en mi caso ocurre el 99,9% de las veces y no, no vivo en ninguna montaña remota-. Lo realmente inquietante fue ver llegar a dicho repartidor de rasgados rasgos sobre ruedas y pedaleando. Efectivamente, venía en bicicleta. Más tarde, atando cabos, llegué a la conclusión de que no existía restaurante ligado a tal comida china, sino que se trataba más bien de un negocio de dudosa legalidad sin local, ni camareros, ni nombre siquiera; apenas una cocina para elaborar las viandas y un teléfono donde realizar el pedido. Pero, previo a todo este razonamiento, lo primero que hizo mi mente ante tan curiosa visión fue retroceder varias horas en el tiempo y rememorar el momento en que, esa misma mañana, se me pusieron los ojos como platos al presenciar cómo un pobre hombrecito era ferozmente engullido por un contenedor de reciclaje de papel. A punto estuve de salir corriendo en su ayuda cual vigilante de la playa, pero entonces me percaté -las cosas rara vez son lo que parecen- de que en realidad había sido el hombrecito el que se había lanzado de cabeza a las fauces del contenedor para, minutos después, salir con las manos llenas de revistas y periódicos.

Y os estaréis preguntando qué diablos tiene que ver el chino en bicicleta con el rescatador de revistas. Mucho diría yo, pues ambos me mostraron una imagen aterradora, si bien también altamente esperanzadora. La situación actual -no pienso hablar de crisis y penurias más allá de este inciso-, está consiguiendo remover conciencias, más de las que lo harían en condiciones no críticas, y aunque dudo que el chino en cuestión repartiese comida a pedales por respeto a la Madre Tierra, es innegable que el resultado se muestra beneficioso para ambos. Sin entrar en que los que se aprietan el cinturón y no tienen más remedio que desarrollar su imaginación son otros muy distintos de los que nos han puesto donde estamos, yo me alegro de haber emprendido ciertos cambios en mi modo de vida.

De un tiempo a esta parte me he vuelto recicladora compulsiva, confieso. Y con reciclar no me refiero a tener tres bonitos cubos de basura en mi cocina, destinados a diferentes tipos de residuos según su color, sino a evitar, precisamente, la generación de dichos residuos. A la vista están las ingentes cantidades de plástico que usamos y desechamos de forma tan absurdamente inconsciente que da miedo, mucho miedo. La semana pasada, sin ir más lejos, compré una bolsa -opaca- de galletas que parecían de producción a pequeña escala y bastante ecológicas. Mi error fue no leer el envoltorio de cabo a rabo. Cuando abrí la bolsa y vi que las galletas, o mini-galletas mejor dicho, estaban envueltas, a su vez, de tres en tres, tuve que cerrar los ojos inmediatamente y contar despacito hasta veinte para evitar un shock psicogénico. Yo, que procuro comprar todo lo que puedo a granel para evitar verme rodeada de basura de dudosa biodegradabilidad y altos efectos contaminantes, guardé la bolsa de galletas en la despensa con la esperanza de que tarde o temprano sea otro el que se las coma -porque, para más inri, ni siquiera están buenas-.

Mi mayor descubrimiento en cuanto a reciclaje se refiere ha sido el de los botes de cristal. Últimamente lavo y reutilizo todo el que cae en mis manos, evitando así más plásticos, cómo el que solemos poner en una lata de maíz, por ejemplo, cuando usamos sólo la mitad y queremos conservar el resto en la nevera. Yo, ahora, vierto el restante en un botecito de cristal, lo cierro con su correspondiente tapa y ¡listo! Mejor conservado y mucho más ecológico.

Recuerdo cuando mi padre, en su inmensa sabiduría, comenzó a guardar en casa tarros de cristal vacíos y limpios, y yo pensaba “se ha vuelto majara, trabaja demasiado y no sabe qué hacer con su tiempo libre; eso o le ha entrado el síndrome de Diógenes y estamos todos perdidos…” ¡Ay papá! Perdónanos a nosotros por nuestra pueril ignorancia, y abrázanos ahora que comprendemos y compartimos tu ingenio y pericia en el arte de la vida sana.

Hace diez años nada de esto pasaba por mi cabeza, aunque nuestro planeta ya estuviera altamente contaminado. Hoy, sin embargo, cada vez veo más gente a mi alrededor que utiliza sus propias manos en la elaboración de productos y útiles de todo tipo para el consumo propio, desde jabones a prendas de ropa, bisutería, muebles y un sinfín de maravillas caseras. Eso sin contar los cada vez más numerosos huertos urbanos, macetohuertos y cooperativas de consumo que luchan por una alimentación más saludable y justa.

Verdurita, por -IVN-

Verdurita, por -IVN-

Nosotros, licenciados, doctores, másters en mil materias, ahora además somos hortelanos, artesanos, panaderos,  jardineros, restauradores y todo lo que nos propongamos, ¡que para eso tenemos la conciencia y la ilusión!

MÚSICA, QUE VIVES DENTRO DE MÍ

Cerrar los ojos y de forma inconsciente percibir como todos los sentidos se van anulando poco a poco; todos menos el oído, que amplifica su capacidad de recepción y se llena de notas y acordes, de melodías y versos, y con ellos la sangre parece circular con más fuerza, casi a borbotones.

¿No os pasa a veces que una canción penetra en lo más profundo de vuestro ser y os obliga a ignorar el resto del mundo? A mí, por fortuna, me ocurre constantemente. Y no porque repita la misma canción una y otra vez, cosa que a veces hago, lo reconozco, sino porque hay melodías hechas para seducir, pero, lo que es aún mejor, hay intérpretes que hipnotizan. Yo que soy de vocalistas –aunque lo mismo os sucederá a los amantes de otros instrumentos- me quedo más que embobada cuando una voz se clava en mis entrañas y me aprisiona tanto que casi me duele. Recientemente asistí a un concierto de la lusa Dulce Pontes, de cuya voz ya se enamoró Ennio Morricone en su momento, y no es para menos. Aquí os dejo dos  ejemplos, aunque nada que ver con un buen sonido en directo. Aún me pregunto de dónde saca esos sonidos, todos: los altos, los bajos, los medios y aquellos que parecen pura ciencia ficción:

Si me paso al plano más rockero, ese que me pierde –como ya sabéis-, podría enumerar cientos de ejemplos de temas que me ponen los pelos como escarpias, entre ellos cualquiera con la voz del gran e inigualable Freddy Mercury, pero esas seguramente ya las conocéis.

Ahora me acuerdo de éstas, como ejemplo de que no es sólo cuestión de ser el mejor, sino de disfrutarlo, sentirlo, y hacer que otros lo sientan también:

Y para que una canción sea redonda, completa, mágica de cabo a rabo, necesita una historia. Una letra con la que sentirse identificado, escuchar atentamente cada palabra y pensar que bien podrías haberla escrito tú mismo. Van fluyendo las líneas y mi memoria no para de recordarme canciones que me conmueven a cada escucha, cuyas historias ya son parte de mí, pero no pretendo hacer una lista pues sospecho que ya tendréis la vuestra propia. Hoy mi atención se ha posado en una en particular, de la cual surgió este puñado de párrafos dedicados a La Música, con mayúsculas, mi musa, la que me relaja y me excita, la que me lleva al pasado de mil maneras distintas, porque, para mí, la mejor de las cualidades de este arte, más allá de las sensaciones efímeras, es la de transportarme en el tiempo y hacerme revivir momentos pasados, lugares, olores y, sobre todo, personas.

Ésta, la de hoy,  va dedicada a esos maravillosos seres que tengo cerca y me acompañan en mi camino. Esos a los que con orgullo puedo llamar amigos, con los que comparto risas, llantos, viajes, juegos, aprendizajes, aventuras y todo tipo de vivencias; los que estáis cerca y los que estáis lejos, pero en cualquier caso siempre dispuestos a tender una mano y ofrecer vuestro hombro una y otra vez.

(Por cierto, Gandalf al bajo, ¡todo un descubrimiento!)

EL ROBOT Y LA FAMILIA DE CONEJITOS

Hola, soy yo, y os voy a contar la fábula del Robot y la Familia de Conejitos, muy popular allá de donde vengo.

Dice así:

Érase un Robot al que, por no pasar los rigurosos controles de calidad del sistema, abandonaron en un pila de escombros a las afueras de la gran ciudad. Sin embargo, y en contra de lo que cabría esperar, el Robot apenas hubo sido depositado en la cima del montón de basura cuando se levantó, guiado por una conciencia no del todo desconectada, y comenzó a caminar hacia donde los árboles ocultaban los efluvios de la modernidad.

Pronto se adentró en el frondoso bosque y sus artificiales sentidos se llenaron de insólitos aromas y sonidos. Aturdido y confuso ante esa nueva realidad sólo en teoría conocida, comenzó a hacer aquello para lo que había sido programado: desatornillar. Intentó desatornillar una flor, pero ésta se ropió en pedazos al primer contacto. Después probó con la rama de un pequeño arbusto, y sucedió algo similar. La sensación más turbadora llegó al introducir su robótica pezuña en el agua de un angosto arroyo, provocando un oleaje del que se hablaría durante generaciones y generaciones de truchas y truchos. Finalmente, ante su patente inutilidad en aquel bello entorno, el Robot se sentó sobre un espeso matorral del que salió escopetado Papá Conejo.

– ¡Eh! ¡Que me aplastas el Bungalow! – exclamó el pardo mamífero.

– ¿Cómo? – preguntó incrédulo el Robot, cuyos programados conocimientos de naturaleza no decían nada de Bungalows como hogar de estos animalitos.

– Bastante tengo con los gritos de la parienta como para que venga un bicho gris a enturbiar la paz de mi retiro con sus metálicas posaderas. ¡Uno ya no puede estar tranquilo en ningún sitio! Ahora querrás que me vaya dando saltitos, ¿verdad? Pues mira tú por donde, ¡no me da la gana! Así que lárgate y déjame en paz.

El Robot, que no había tenido siquiera oportunidad de disculparse, se puso de pie y a modo de despedida añadió:

– Quizá debería usted hablar un poco menos y escuchar un poco más.

– ¡Yo soy así! -vociferó Papá Conejo- y si no te gusta, no vuelvas por aquí.

Tan irritado estaba con el fugaz y desagradable encuentro que no se percató a los pocos pasos que un rabito blanco había quedado atrapado bajo su bota.

– ¡Ay, ay, ay! ¡Mi colita! – Sollozó el Pequeño Conejito-.

– Perdón -Dijo el Robot, alzando el pie y liberando así su presa.- Estaba enfadado con un conejo maleducado y no ví por donde andaba.

– ¿Un  conejo marrón que no para de quejarse? Sería mi padre, no hay quien le aguante.

– Ese mismo -contesto el Robot- ¿por qué no hablas con él? Seguro que puedes hacerle entrar en razón y conseguir que mejore su carácter.

– No merece la pena, es un bala perdida, no hace caso a nadie.

– Pero, si te importa, ¿por qué no lo intentas?

– Ya le digo que no merece la pena -insistió el Pequeño Conejito-, él es así y no va a mejorar. No voy a perder más el tiempo, los conejos no cambian.

Sorprendido, y decepcionado de nuevo, el Robot se despidió con un:

– Entendido, me voy, pero quizá deberías ser menos egoísta y perezoso. No hay nada imposible.

“Usted no nos conoce, nosotros somos así”, escuchó mientras se alejaba. Cada vez entendía menos a esos orejones peludos y su terquedad. Siguió caminando hasta llegar a una pequeña laguna donde vio a Mamá Coneja asomada, acicalando su morrito y contemplando su propio reflejo en las cristalinas aguas. Al oír los sonoros pasos del Robot, alzó la cabeza y con un leve gesto a modo de saludo le dijo:

– Buenos días, ¿ha visto usted un conejo pardo y un pequeño de blanca cola? Estoy esperando que vengan a buscarme, pero se están retrasando.

– Sí, -contestó el autómata- los he visto, pero no venían de camino. ¿Por qué no va usted a buscarlos? Puedo decirle donde están.

– Porque yo estoy muy ocupada. Aún tengo que peinarme, pintarme las uñas, depilarme el bigote, ponerme las pestañas postizas y pintarme los labios.

El Robot, medio alucinado, se fijó en la cara de Mamá Coneja, que sin todos esos arreglos ya parecía más un cuadro de Miró que una conejita campestre y no pudo más que afirmar:

Pero tú no eres así.

Y siguió su camino, lejos de la terrible Familia de Conejitos, en busca de una nueva función que le mantuviese ocupado en un bosque en el que sus desatornilladoras manos de nada servían. Él ya no podía permitirse seguir siendo “así”.

Moraleja: No hay más ciego que el que no quiere ver, ni más cojo que el que no se levanta de la silla. Y las excusas, excusas son.